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un estudio sobre adán coprovich

vicente huidobro. poética

huidobro

Basta ya de vuestros pedazos de hombre, de vuestros pequeños trozos de vida. Basta ya de cortar el hombre y la tierra y el mar y el cielo.

Basta de vuestros fragmentos y de vuestras pequeñas voces sutiles que hablan por una parte de vuestro corazón y por un dedo precioso.

No se puede fraccionar el hombre, porque hay todo el universo, las estrellas, las montañas, el mar, las selvas, el día y la noche.

Basta de vuestras guerras adentro de vuestra piel o algunos pasos más allá de vuestra piel.

El pecho contra la cabeza, la cabeza contra el pecho.

El ojo contra la oreja, la oreja contra el ojo.

El brazo derecho contra el brazo izquierdo, el brazo izquierdo contra el brazo derecho.

El sentimiento contra la razón, la razón contra el sentimiento.

El espíritu contra la materia, la materia contra el espíritu.

La realidad contra el sueño, el sueño contra la realidad.

Lo concreto contra lo abstracto, lo abstracto contra lo concreto.

El día contra la noche, la noche contra el día.

El Norte contra el Sur, el Sur contra el Norte.

¿No podéis dar un hombre, todo un hombre, un hombre entero?

El mundo está harto de vuestras voces de canario monocorde. Tenéis lengua de príncipes y es preciso tener lengua de hombre.

Es preferible oír los discursos de un picapedrero, porque él al menos siente su cólera y conoce su destino, él está en la pasión y quiere romper las limitaciones.

En cambio, vosotros no dais la gran palabra que se mueve en su vientre. No sabéis revelarla.

La gran palabra que será el clamor del hombre en el infinito, que será el alarido de los continentes y los mares hacia el cielo embrujado y la tierra escamoteada, el canto del ser realizando su gran sueño, el canto de la nueva conciencia, el canto total del hombre total.

El mundo os vuelve las espaldas, poetas, porque vuestra lengua es demasiado diminuta, demasiado pegada a vuestro yo mezquino y más refinada que vuestros confites. Habéis perdido el sentido de la unidad, habéis olvidado el verbo creador.

El verbo cósmico, el verbo en el cual flotan los mundos. Porque al principio era el verbo y al fin será también el verbo.

Una voz grande y calma, fuerte y sin vanidad.

La voz de una nueva civilización naciente, la voz de un mundo de hombres y no de clases. Una voz de poeta que pertenece a la humanidad y no a cierto clan. Como especialista, tu primera especialidad, poeta, es ser humano, integralmente humano. No se trata de negar tu oficio, pero tu oficio es oficio de hombre y no de flor.

poema huidobroNinuna castración interna del hombre ni tampoco del mundo externo. Ninguna castración espiritual ni castración social.

Después de tanta tesis y tanta antítesis, es preciso ahora la gran síntesis.

Nuestra época posee también sus bellas cabezas de algodón. De algodón con pretensiones explosivas, pero absolutamente hidrófilo.

¡Ah, ya sé! La medida, la famosa medida. Sois todos muy medidos. Si a veces esto no fuera un pretexto, si a veces ello no sirviera sino para esconder vuestro vacío.

Habéis nacido en la época en que se inventó el metro. Todos medís un metro sesenta y ocho, y tenéis miedo, miedo de romperos la cabeza contra el techo.

Pero necesitamos un hombre sin miedo. Queremos un ancho espíritu sintético, un hombre total, un hombre que refleje toda nuestra época, como esos grandes poetas que fueron la garganta de su siglo.

Lo esperamos con los oídos abiertos como los brazos del amor.

 

felipe juaristi. poética

felipe juaristi. poética

¿Qué puede hacer la poesía?

Puede hacer todo o puede no hacer nada; porque la poesía, amante de la paradoja, de la exageración, de los extremos, de la duda continua y permanente, oscila entre el todo y la nada; es pasión de la totalidad, o tendencia autodestructora; es circular como la mirada que toma la vida como si fuese una exposición: paisajes, miniaturas, bodegones, retratos, autorretratos..., nada de lo que sea artístico le es ajeno, nada de lo que es humano debiera serle extraño o postizo, en una palabra, impuesto. Porque en el mundo de la poesía, donde no siempre domina la armonía y la cordura, no hay más ley que la del todo y la nada, porque un poema no es mejor o peor que otro poema, porque un poema es poema o no lo es.

¿Cuándo un poema es poema y no algo, una prosa, un viento, un poco de lluvia, pasado como a escondidas y de contrabando?

Pues no lo sé. No es labor del poeta ejercer de aduanero o de gendarme, de inquisidor de la poesía (y que me perdone el crítico Gabriel Celaya), sino ser honrado en su trabajo o profesión de hacer versos.

¿En qué consiste dicho oficio?

La primera labor del artista, del poeta, es descubrir, como un investigador, un científico, un aventurero, un navegante, los secretos del arte. Dichos secretos apenas tienen que ver con encontrar el ritmo adecuado para cada verso, o la rima más sonora o eficaz. Metro y rima son especialidades, triquiñuelas y astucias de artesano, lo cual no quiere decir que no sean importantes en el quehacer poético. Cuando Antonio Machado se queja de cierta poesía barroca en la que se discurre y se razona pero no se canta, tiene toda la razón. Pero también la tienen quienes se quejan y se lamentan de un canto sin razones, y la tachan de discurso perdido. Poesía es canción, indudablemente, pero es algo más también. El arte, como dice Kundera, es algo distinto, está más allá o más acá, según desde dónde se mire, del ritmo y de la rima, está en el fondo de todas las cosas y son el sentimiento, el gusto, las ideas del autor, los elementos que lo empujan a la luz, a la vista de todos.

La poesía es una experiencia vivida. Pero no todos los poetas saben sacar provecho de esa experiencia. Rilke, en una de sus cartas escritas a un joven poeta, lo afirmaba con bastante mayor contundencia que la utilizada habitualmente: trate usted de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde. No escriba poesías de amor, sobre todo evite las formas demasiado corrientes y socorridas. Son las más difíciles, pues es necesaria una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en cantidad buenas y, en parte, brillantes tradiciones. Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos que su propia vida cotidiana le ofrece, diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que pasan y su fe en alguna forma de belleza. Dígalo con la más honda, serena y humilde sinceridad, y utilice para expresarse las cosas que lo circundan, las imágenes de sus ensueños, los temas de sus recuerdos. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, incúlpese usted; dígase que no es bastante poeta para suscitar sus riquezas...El texto advierte de las situaciones límite en las que puede encontrarse el poeta, encerrado en una prisión, a donde no llegara ninguno de los ruidos que el mundo en su generosidad extiende por todas partes. Incluso entonces el poeta tiene posibilidad de encontrar la riqueza poética, atrayendo el recuerdo. Lejos del mundo, el poeta se acerca al mundo, aunque de una manera extraña y nunca convencional.

El de Rilke, con ser interesante, no es el único punto de vista sobre la poesía, ni el mejor definido, ni siquiera el más claro, ni el más elaborado. Hay tantas definiciones de poesía como poetas, pero me sirve a mí en tanto escribo versos, porque traslada al ser, al hombre o a la mujer, el eje de la poesía. O como decía Cernuda: sólo podemos conocer la poesía a través del hombre. Y para el hombre, añadiría, aun sabiendo que hay otros destinos para la poesía: el cielo, por ejemplo. Afirma Huizinga que el mundo empezó a conocer por medio de la poesía. La poesía le ha sido útil al hombre en una época. La poesía le ha acompañado al hombre desde la cuna hasta la tumba; vida y poesía siempre han ido unidas. Cuanto más cerrado estaba el mundo para el hombre, fue la poesía la que le abrió las puertas hacia la soledad, de donde parte toda posterior valoración de la compañía. Decía Goethe que no hay más poesía que la de las cosas que se sienten aún. Podía haber escrito que no hay más poesía que la de las cosas que se conocen o se saben, pero escribió sobre el sentimiento, que es donde nace la poesía.

No hay poesía sin sentimiento. Los sentimientos siempre son más ricos que las ideas. Pero como decía Machado, tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial. Pero las ideas del poeta no van siempre divididas en categorías, como las del filósofo, o formuladas estrictamente en series regulares, como las del investigador o científico, sino mezcladas con sus ecos, requeridas por motivaciones que pueden ser afectivas o, también, racionales.

La poesía, por todo ello y también a su pesar, tiene necesidad de precisión, no de la claridad. La elipsis, la alegoría, la alusión, la acentuación de la frase pertenecen al terreno de la poesía. El sentimiento, sutil y sublime, no puede ser expresado con claridad. La lengua es demasiado pobre, y el sentimiento demasiado rico. La poesía, al ser palabra interiorizada y luego expuesta a la luz, al sol, parece solamente palabra bella. Y, no obstante, es palabra precisa.

Creo que en poesía existe la tentación de acogerse al tiempo inocente, al tiempo que no transcurre, que queda suspenso y no avanza ni retrocede, al tiempo utópico. Y el poeta pretende a veces actuar como si el tiempo fuera eso, un astro suspendido en el cielo, guía en las noches oscuras. Pero el tiempo avanza e impone su ley mortal.

La poesía no puede cambiar el tiempo ni puede cambiar el mundo. Nunca ha estado en su mano tal objetivo, tan loado y cantado por los poetas llamados "sociales", porque la poesía se dirige al individuo y a su mayor tesoro, que es el corazón. La poesía no es una medicina que sane al mundo de los males que le aquejan, que son muchos, variados y, desgraciadamente, de difícil solución, pero sí puede ayudar a la regeneración moral de la sociedad.

El hecho de que aún haya lectores y oyentes de poesía es un dato, al menos, esperanzador.

josé hierro. poética

jose hierroIgnoro totalmente qué es poesía. La olfateo, donde creo que está, y disfruto apasionadamente de ella. Como creador, aunque no sepa definirla, sé para qué me sirve: para decir (intentar) lo que no se puede decir. Es el humo resultante de la quema de un cuerpo que no recordamos qué era. Tarea de locos ésta de empeñarse en modelar el humo, en articular palabras que digan más de lo que dicen, que informen (vía lógica) y persuadan, contagien, seduzcan (vía mágica). El poeta apunta, pero nunca sabe si dio en el blanco. Ni siquiera está seguro de dónde estaba la diana.

Respiramos poesía, como respiramos oxígeno, aunque no lo advirtamos. Sin ella no podríamos vivir. Viene esto a cuento de eso que tanto se dice y repite, a veces con amargura, otras con desdén, por muchos poetas: "la poesía es para unos pocos, no se venden libros de versos porque no gusta". Por la misma sinrazón podría afirmarse que la música no gusta, pues es innegable que son muy pocas las partituras musicales que se venden. El problema viene de lejos, de la primera enseñanza, del olvido -Pedro Salinas lo recordaba- de que la poesía tiene sentido y sonido. Es el ritmo -llevo tantos años repitiendo lo que dijeron mucho antes, y mejor dicho, que siento rubor al insistir- el que hace claro para la sensibilidad lo que puede ser oscuro para la razón. Y se escribe, y se lee poesía porque todo está dicho y todo está por decir.

Temo parecer excesivamente optimista. O -lo que resulta más descorazonador aún- un conformista que hace de la necesidad virtud. Se equivoca quien piensa así. Vuelvo atrás la mirada y veo que, ni siquiera en el nefasto -poéticamente- siglo XVIII español, desaparecieron los navegantes líricos. Porque no hay tiempos malos o buenos para la poesía, sino poetas que no están a la altura de sus tiempos, del mismo modo que no hay tiempos -climatológicos- mejores o peores para los pronosticadores que acechan la llegada de las corrientes de aire.

Por la misma razón, contemplada por el envés, no hay temas poéticos más válidos para cada momento histórico. Todos tienen las mismas posibilidades. Recuerdo esto ahora porque miles de veces he oído esto de "¿la poesía social pasó a la historia?". Se olvida que, junto a poetas como Celaya y Otero, que se proponían cambiar el mundo con la herramienta de la poesía, había quienes, con menor eco entonces, decían su canción vanguardista tardía (¡curioso maridaje!), como Carlos Edmundo de Ory, o huían del testimonio presente en las naves del esteticismo, como los poetas del Grupo Cántico. Consecuentemente, no hay razón para que el poeta, el que libre y necesariamente tome ese camino, escriba poesía social, pues el ser humano se debate -como tan hermosamente nos recordó Cernuda- entre la realidad y el deseo. Nada importa que lo social haya dejado de ser una moda: continúa siendo una corriente que lleva muchos siglos de camino. El poeta es libre para hacer lo que le dé la gana, excepto para no hablar de lo que le exige su corazón. Por mi parte, con mayor o menor fortuna, es lo que siempre he querido hacer.

fractales. Poética de Pablo Paniagua

A continuación reproduzco un artículo publicado en 2007 por Pablo Paniagua, por su interés y claridad de exposición.

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¿Qué son los fractales? Para empezar a responder esta pregunta nos tenemos que remontar al año 1497 cuando un monje italiano, Lucca Paccioli, dio a conocer lo que era “la divina proporción”, título del libro de su autoría donde explica los secretos de la “sección áurea”, proporción matemática que se basa en una regla de tres para establecer el equilibrio adecuado entre las partes de un todo. Esta división armónica ya fue utilizada desde la antigüedad, y casi siempre en arquitectura, por los egipcios, griegos y romanos, y más tarde en pintura por los grandes maestros del renacimiento, para establecer las reglas que les permitieran lograr una perfección compositiva.

 

Aquí nos damos cuenta de la importancia del “número” (lo cuantificable, lo que se puede medir), algo que ya dedujo la “escuela pitagórica” cuando equiparó la realidad al número; para ella los números gobiernan al mundo y el Universo es ritmo, o sea, que lo cualitativo está presente en todo. A partir de ahí es comprensible que, para imitar el patrón superior, el hombre tratara de unir las matemáticas y el arte en búsqueda de la perfección: catedrales, esculturas, pinturas, todo hecho respecto al número, las matemáticas aplicadas al espacio: la geometría.

 

“Geometría”, ésta es la palabra, el punto de partida hacia “lo fractal”, pues lo fractal pertenece a un modelo geométrico donde la “sección áurea” se equipara a una semilla sin germinar. Y ahora, a este respecto, aunque sea por semejanza botánica, me remito al concepto de “rizoma” en el que Gilles Deleuze y Félix Guattari se basan, según nos explican su libro “Mil Mesetas”, para organizar un sistema de multiplicidad que se expande a través de diferentes estructuras que son análogas a los rizomas de las plantas, y así explicar, con esta metáfora, los nuevos comportamientos sociales en el capitalismo tardío. Este concepto de rizoma es bastante similar, en su estructura organizativa, a lo que se desprende del orden fractal, con la salvedad de que en el segundo término los elementos que lo componen son más limitados y se generan a partir de sí mismos: son “recursivos”. Los fractales serían como una semilla geométrica que, al germinar, mediante la intervención de un proceso de algoritmos matemáticos, se expandiera de forma semejante al rizoma de una planta: “un punto de fuga al inverso generado por la repetición de sus mismos elementos”.

 

Esta “expansión fractal” la podemos encontrar, de manera concéntrica, en el origen y evolución del Universo, según las teorías del “Big Bang” (de Georgy Antonovich Gamov, en 1948) y la “Inflacionaria” (de Alan H. Guth, en 1981). Millones de estrellas y planetas en expansión, donde con ellos también se propagan el tiempo y el espacio, cuando nuestro mundo, nuestro planeta y nosotros, somos una minúscula partícula de todo ese entramado; de tal modo que nos encontramos, como individuos, dentro de un mega-sistema de semejantes características: “nosotros dentro de una sociedad que está compuesta por una especie, que puebla y se relaciona de manera fractal, dentro de este planeta que forma parte de un sistema solar que forma parte de un Universo de características fractales”. Por tanto, estamos marcados por la fractalidad desde lo más íntimo de nuestro ser hacia el exterior: “átomos, moléculas, células, tejidos, órganos… hasta completar un cuerpo que está regido por un cerebro de millones de neuronas interconectadas fractalmente”. Toda partícula forma parte de un algo y ese algo es la parte de un complejo superior que es la parte de otro que lo supera en magnitud, o sea, que nuestro Universo y nosotros mismos estamos determinados, sin lugar a dudas, por un orden fractal.

 

La Real Academia Española de la Lengua nos ofrece la siguiente definición: Un fractal es una figura plana o espacial, compuesta de infinitos elementos, que tiene la propiedad de que su aspecto y distribución estadística no cambian cualquiera que sea la escala con que se observe.

 

Ya, más o menos, nos vamos haciendo una idea de lo que es un fractal: “un sistema complejo que se multiplica hacia el infinito a partir de sí mismo” o, como lo definen en Wikipedia: Un fractal es un objeto geométrico cuya estructura básica se repite en diferentes escalas. El término fue propuesto por el matemático Benoit Mandelbrot en 1975. En muchos casos, los fractales pueden ser generados por un proceso recursivo o iterativo, capaz de producir estructuras auto-similares independientemente de la escala específica. Los fractales son estructuras geométricas que combinan irregularidad y estructura. Esta última explicación, desde luego, es mucho mejor que la que nos da la Real Academia Española, y, a partir de ella, nos hacemos una idea de lo que es un fractal.

 

Ahora, ya teniendo el concepto establecido, podemos partir desde este punto para hacer su aplicación en la literatura.

 

Está claro que a una oración, compuesta por un sistema de signos con sus significados y significantes, no se la puede someter a la secuencia de un algoritmo fractal, pues perdería su coherencia sintáctica; pero lo que sí se puede hacer es imitar los modelos fractales, respetando la sintaxis, para generar oraciones y textos que conformarán lo que se puede denominar como “literatura fractal”. Por tanto, “la literatura fractal sería aquélla que multiplica los signos lingüísticos, dentro de un orden sintáctico, como si se tratase de un juego de espejos que busca en esa repetición, en ese juego, una dinámica dentro de lo infinito, de lo laberíntico o lo circular”; o, dicho de una manera más sencilla: “La literatura fractal es aquélla donde se multiplican por sí mismos los elementos que la componen”.

 

Existen dos artículos en la “web” que tratan de fijar este concepto. El primero, que parece lleva por título “Literatura fractal”, es de Alberto Viñuela y data del 29 de julio de 2001. El segundo, “Literatura y el infinito”, es un trabajo escolar que, por su estructura, parece se basa o toma como modelo el de Alberto Viñuela, aunque aporta, dentro de su brevedad, alguna idea nueva y creaciones propias; está publicado sin fecha y sus autoras son: Tatiana Pérez Veiga, Martina Piñeyrúa y Eugenia Espona.

 

Alberto Viñuela nos define así la literatura fractal: Llamo literatura fractal a todo aquel escrito que manifiesta propiedades similares a las de los objetos fractales, centrándose sobre todo en los elementos recursivos, es decir, que hacen referencia a sí mismos. Alberto Viñuela nos propone diferentes maneras para lograr este objetivo mediante, por ejemplo, las “tautologías” (repetición de un mismo pensamiento dicho de distintas maneras), “historias cíclicas” (que empiezan y terminan, tras su desarrollo, con un concepto similar que une el principio y el final), “cajas chinas y cajas chinas cíclicas” (historias que contienen a otra historia y a su vez a otra historia…), y luego continúa, después de presentar ejemplos de diversos autores para cada uno de estos enunciados, abordando los temas de la “Ficción científica y los lenguajes fractales”, “La recursividad en la literatura religiosa”, para terminar su exposición con citas de algún que otro escritor conocido.

 

El otro trabajo, que se reduce más a la simple idea de lo infinito y su relación con la literatura, hace referencia a las paradojas de Zenón de Elea y sus juegos con el espacio-tiempo, para completar su desarrollo con un resumen de la ya comentada propuesta de Alberto Viñuela.

 

En ambos casos, para ilustrar sus planteamientos, aparece la figura y obra de Jorge Luis Borges como máximo exponente para este tipo de literatura.

 

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ANTECEDENTES LITERARIOS

 

Son dos grandes escritores los que han creado su literatura, ya sea de manera consciente o no, bajo la influencia de un pensamiento cuya teoría y nombre fue posterior a la fecha de la publicación de sus obras (ya que fue en el año 1975 cuando Benoit Mandelbrot propuso el término “fractal”). Estos dos autores son: Franz Kafka y Jorge Luis Borges.

 

El Proceso y El Castillo son las dos novelas de Franz Kafka que están escritas bajo un marcado predominio de lo fractal. En las dos se expresa la imposibilidad del individuo frente a los mecanismos absurdos del poder, sus burocracias y sus mentiras. En ellas sus protagonistas han de seguir una tortuosa ruta, mental y física, para enfrentar una realidad que les sobrepasa con una serie de problemas que se encadenan sin encontrar nunca un final, repitiéndose dentro de un laberinto legal que somete al individuo frente a las arbitrariedades del poder que le gobierna y sus representantes. Este modo argumental tiene una gran similitud con lo que establece la dinámica fractal, de algo que empieza desde un punto concreto para expandirse en el espacio o en el tiempo, multiplicándose de manera iterativa, como son, en el caso kafkiano, el problema y el absurdo que lo genera, los elementos que se repiten una y otra vez a lo largo de la trama, en una lucha ideológica en la que las partes involucradas multiplican, a su vez, todos los motivos que demuestran cada acto de las mismas para buscar su propia justificación. La progresión fractal de los elementos argumentales, en estas dos novelas, hacen de la narración un complejo sistema que se determina como lo más característico e importante dentro de la estructura de la propia obra literaria. La figura del absurdo se reproduce por si misma para expandirse, con todos sus elementos connotativos adyacentes, hacia una lógica fractal que se constituye como el componente primario del término que se conoce como “kafkiano”.

 

Respecto a Jorge Luis Borges (declarado admirador de Franz Kafka), en casi toda su obra está presente, en mayor o menor grado, una perspectiva fractal que se caracteriza como lo más significativo del “pensamiento borgeano” y su universo literario. En sus creaciones podemos encontrar personajes inmortales, memorias que logran existir a través del tiempo y fuera del primer cuerpo que las contuvo, edificaciones laberínticas e imposibles, libros cíclicos que terminan donde empiezan y que se bifurcan en el tiempo, laberintos y más laberintos, granos de arena que se multiplican en sueños, una esfera donde se concentra el Universo entero desde sus diferentes configuraciones, los espejos y sus reflejos, sus juegos con el tiempo y los espacios, el giro sorpresivo de sus historias; todo en él, y su inteligencia, está tocado por el orden preciso de lo fractal. Aquí, no debemos confundir su tremenda erudición con esa inteligencia suya, que se basa, precisamente, en ese juego que hace con la existencia y con lo que está más allá, con lo metafísico y el devenir, con lo que se esconde detrás de las palabras y sus ideas, lo que permanece como fondo de su literatura, libre de toda superficialidad, para adentrarse a descifrar los enigmas de esa misma inteligencia que la hacen única, genuina y genial.

 

Estos dos grandes escritores han conseguido el reconocimiento por medio del estilo conceptual de sus historias, y a partir de una mirada fractal que recrea una nueva dimensión de la realidad, lo que, sin lugar a dudas, supuso un cambio de perspectiva en los horizontes de la literatura.

 

Ahora, tras haber señalado estos antecedentes, del tema que nos ocupa, cabe mencionar la existencia de dos textos que lo refieren: Manifiesto del Fractalismo y Manifiesto Fractal.

 

El Manifiesto del Fractalismo, cuya autora es Eva Neuer con fecha 27 de septiembre del 2000, es un manifiesto de aspiraciones universalistas, o sea, que trata de abarcar todas las manifestaciones del ser humano, dentro de su rol social y como ente individual. Eva Neuer parte del concepto de fractal para conformar una nueva postura fractalista y, a través de esta visión, poder acercarse al mundo. Este manifiesto, con todas sus propuestas, se ciñe a lo que marca el orden fractal y se justifica a través de él con un texto netamente fractal. El hombre, a fin de cuentas, es un elemento singular dentro de un Universo fractal, que debe estar en armonía con su entorno por el hecho de pertenecer a él y por ser consciente de ello. Como todo manifiesto universal, es una exposición de ideas utópicas que, por serlo, no dejan de ser admisibles y que invitan, según su autora, a reflexionar para convertirse en un principio de búsqueda interior que ha de manifestarse hacia el exterior.

 

Otro caso distinto es el Manifiesto Fractal, cuya autoría es de Héctor A. Piccoli con fecha de marzo del 2002, que es literario y atañe exclusivamente a la poesía. Con este manifiesto trata de justificar el rescate de la musicalización como medio para contrarrestar una prosificación que, a su parecer, debilita el hecho poético. Critica la prosificación pero no formula su propuesta de manera concreta y menos en relación al orden fractal, pues en ningún momento se vale de los conceptos fractales (pues no los explica ni mucho menos los utiliza) para justificar su postura de “repensar la esencia rítmico-musical del verso”, y, a través de este planteamiento, “repoetizar la poesía”. Propone, también, “trabajar con el ordenador” (sin explicar en qué sentido), y hacer poemas generativos, interactivos y esencialmente plurales, respecto a las unidades de un poemario compuesto por varios poemas, para terminar diciendo que así entrarán en el “laberinto y no sólo en el endecasílabo”. Queda la sensación, tras leer este manifiesto, que su autor se sirve del término fractal para formular un ideario en el cual lo fractal es una mera excusa, además de caer en la superficialidad de una poética que se basa, casi exclusivamente, en el ritmo y la musicalidad, cuando lo importante de la poesía es lo que se dice entre líneas, lo que se esconde detrás de las palabras, lo que evoca: “lo que hace que no sea una simple canción”.

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EJEMPLOS DE LITERATURA FRACTAL

 

Los ejemplos con los que a continuación trataré de ilustrar, de manera más práctica y detallada, todo lo expuesto hasta ahora, son de mi autoría y con ellos, he de admitir, no se agotan las posibilidades en la búsqueda de lo que es la literatura fractal.

 

 

Desdoblamientos:

 

Ya nada es igual desde que salí por la puerta y me quedé solo en casa, frente al televisor. Ahora voy bajando por las escaleras y sigo aquí, sentado en un sillón, pensando en mí que ya estoy en la calle. Continúo con el paso y me dirijo hacia otro lugar, donde pueda reconocerme sin ninguna duda, ya fuera de esta habitación… Allí estoy, sentado en un banco del parque; al pasar por mi lado me saludo. “Hola, ¿cómo estas?”, me respondo. “¿Y tú?”, me pregunto. “Bien, muy bien, sentado aquí en el sillón frente al televisor”, termino por contestar… Ya nada es igual desde entonces, porque ya no estoy aquí, ni en el parque, ni caminando; sólo sé que algún día seré lo que no soy y estaré donde no estoy, pues todo lo ignoro sobre este asunto que me es tan incomprensible.

 

 

Visión Caleidoscópica:

 

Estoy afuera y veo a los de adentro, pero ellos no me ven, y eso que les hago señales con los brazos para llamar su atención. Ellos giran a mi alrededor sin mirarme, pues caminan con la vista fija en el suelo, contando sus pasos. Son catorce hermanos gemelos que dan vueltas dentro de una habitación circular, o uno solo frente a trece espejos fraccionados. No lo sé; trataré de detectar cualquier movimiento distinto en todos ellos, pero por ahora es imposible. No puedo ver nada más que mis pies al caminar, cuando siento que alguien me observa desde afuera moviendo los brazos, para llamar mi atención. Creo que son trece hermanos gemelos idénticos a mí.

 

 

Dinámica Circular:

 

Vasta es su mirada, penetrante, tanto que la noto dentro de mi cabeza, inspeccionando los recovecos de mis pensamientos y mucho más allá, para adivinar lo que ahora no pienso y luego pensaré; así se anticipa siempre a mí… Ahora siento que él, con su vasta mirada, soy yo; porque no me deja ser, porque asume todos mis actos antes de que yo los pueda realizar. Vive mi vida antes que yo, y piensa y habla antes de que yo lo pueda hacer. Me roba el pensamiento y la palabra, y camina todo el día frente a mí con su vasta mirada, penetrante, tanto que la noto dentro de mi cabeza inspeccionando los recovecos de mis pensamientos y mucho más allá, para adivinar lo que ahora no pienso y luego pensaré.

 

 

Dinámica Cíclica:

 

El agua cae del cielo y no hay nubes, sólo una atmósfera transparente, pero el agua, como un torrente, me deshace a la manera de un terrón de azúcar. Mi sustancia, diluida en el agua fluvial, corre por las hendiduras de la piedra escurriéndose hacia lugares ignorados, tanto como ese agua que cae de un cielo transparente y sin nubes, la misma que me deshizo igual que un terrón de azúcar, para escurrirse hacia los rincones desconocidos de un paraje que se mojó entero con mi sustancia y con el agua inesperada de un cielo transparente y sin nubes, que se precipitó como un torrente sobre mí…

 

Dinámica Laberíntica:

 

Dentro de cualquier duda hay otra duda que se originó en esa incapacidad para definir cuál es la duda que la contiene, círculo en movimiento que se expande y regenera, que se alimenta de la propia ausencia de decisión. Las probabilidades se ven todas inadecuadas, cuando ninguna se impone sobre la otra y la duda en sí. Nada es posible y todo lo es a la vez, probabilidades que ahora se contienen dentro de esa duda, que la procuran. Más allá de cualquier duda hay otra duda, más allá de cualquier razón hay otra razón. Razones para la duda, dudas para razonar. Probabilidades que se esconden tras la razón y la elección, para acabar con la duda que nació a partir de esas mismas probabilidades, de la duda contenida dentro de otra duda y de su incapacidad para no dudar.

 

Dinámica en la Repetición:

 

Él dice que yo digo lo que no pienso, y seguro que piensa que no digo lo que pienso; eso es lógico porque una cosa es lo contrario de la otra, pero así dicho, según lo pienso, suena bien; aunque, como digo lo que no pienso, no puedo pensar según creo que lo pienso, ya suene bien o sea cierto; pero esto es así desde el punto de vista de cómo él lo piensa y no cómo yo lo pienso; pero al final, estas cosas de creer lo que piensa cada cual, cuando se habla sobre lo que piensa o dice el otro, son cuestiones de ser pensadas.

 

Dinámica de Mutación:

 

La naturaleza muda con las estaciones, como cuando yo me quedo sin palabras. La voz ya no me sale, ya sea por falta de ideas o por afonía. Lo peor es la afonía mental que me asalta en mañanas, nada más despertar, laxitud de la memoria que se extiende hasta que tengo el desayuno sobre la mesa, que luego muda de ahí hacia mi estómago. La ducha ya me despierta de verdad, cuando se levantan las palabras que mudan en ideas, para que la afonía desaparezca de mi garganta. En ese transcurso de tiempo, como una muda de estación, pasó una mujer que nunca dijo una palabra, cuando tomó aquel tren que realizaba su trayecto entre el verano y el otoño. Ahora las hojas secas mudaron de las ramas para formar una alfombra sobre el suelo, y ella camina, al llegar a su destino, con un paraguas sin tela por encima… Pero luego todo cambió de su lugar, la señora muda y las estaciones que mudan, pues al abrir la puerta y salir de la casa me topé con el invierno. No me gusta el frío porque me deja más que mudo, no lo puedo soportar y regreso hacia la casa. Entonces, es cuando cierro los ojos y pienso en la primavera, para que todo mude dentro mi ser.

 

Juego de Espejos:

 

Cuando la vi por segunda vez, ella ya no estaba, se había ido. Menos mal que la llevé conmigo, en la emulsión de plata de la película fotográfica, que luego revelé. Del negativo la pasé al positivo con un chorro de luz y luego la fijé sobre un papel bajo los líquidos. Entonces apareció poco a poco, mirándome desde dentro del fluido. De pronto me pude ver reflejado en sus pupilas, mi silueta, y también frente a ella dos veces: en ese instante y cuando le tomé la fotografía; instantes triplicados pues ella también estaba en mi memoria. Tantas veces, tantos reflejos, tan engañosa la realidad, como un juego de espejos que multiplica sin querer todos los instantes.

 

Dinámica Concéntrica:

 

Cuando llegué a aquel lugar ya no estaba, se había ido o se lo habían llevado. Sólo encontré un tremendo vacío, como el de antes de ser gestado, cuando ni siquiera suponía un proyecto en la mente de mis padres. Allí, en este lugar inexistente, decidí esperar por si regresaba con la esperanza de advenir el principio y con la sospecha de que podría estar muerto… El despertar, en este caso, sería el regreso del lugar y a la vez el mío a él, algo que nos uniría en una misma dimensión. Pero ahí continué, en el trance de la espera, sin existir y rodeado de esa nada, como un pensamiento único que trataba descifrar qué paso con ese lugar desaparecido que tal vez fuera mi propia vida, la que aún me niego a admitir que se extinguió. Espero que todo sea un mal sueño y, al despertar, me encuentre con algo más que este pensamiento para saber que existo.

 

Proceso Invertido:

 

“Visiones invisibles”, así dicho, tiene una doble interpretación: ¿Es invisible lo que no se ve o lo es el acto de mirar? En el primer caso sería la nada, en el segundo una mirada vacía; visión invisible en los dos. ¿Qué más dará entonces lo uno o lo otro, cuando, a pesar de que en esencia son diferentes, el resultado es idéntico? Ambos se contienen en sí mismos, con una negación y una afirmación que los conduce hacia la nada y al vacío. Así son todas las visiones invisibles, no existen, y tú aquí, por tanto, no has leído nada.

 

Y así se puede experimentar en la búsqueda de nuevas soluciones de literatura fractal, cuando estos ejemplos, en su reformulación, se podrían mezclar entre ellos en un sin fin de probabilidades en una lógica fractal dentro de lo fractal.

 

Aquí termina esta breve exposición, con la que espero haber contribuido a sentar las bases o clarificar qué es la “Literatura Fractal”, concepto hasta ahora un tanto difuso y desconocido, pero que siempre ha estado ahí, en su esencia, sin que lo sepamos, en nuestro Universo y en nuestro interior.

 

 

Hugo Mújica. Poética.

Hugo Mújica. Poética.

Antes de encarar el tema de la particularidad de la lectura de un poema, empecemos por afuera, por nosotros, los lectores. Sin duda hay un situarse ante todo y, también sin duda cada situación pide ella misma una manera distinta de ser abordada. En cuanto a la lectura, es evidente que no es lo mismo tener los ojos sobre un diario que la "Divina Comedia", un manual de computación que un libro de poemas... Sólo si tenemos una actitud propia para cada encuentro, cada encuentro nos podrá revelar lo propio de sí.
Desde Aristóteles hasta nuestros días, "comprensión estética" y "desinterés" son dos conceptos indisociables para la mayoría de las teorías sobre el arte: "el arte es un objeto de contemplación y no de necesidad", decían los medievales, y siglos después así definiría otro filósofo el gozo ante lo artístico: "un placer desprovisto de todo interés". Contemplación y desinterés que podríamos reunir en una actitud: dejar que lo que está ante nosotros, el poema o la música, la pintura o la vida toda, sea lo que es sin manipularla, sin buscarle provecho o la utilidad, simplemente contemplarla, escucharla, dejarla ser... dejarla decirse.
Un río -para ilustrar lo que acabamos de afirmar- no se dice, no se manifiesta de la misma manera al sediento que se pregunta por la potabilidad de sus aguas que ante el ingeniero que busca determinar su caudal energético, menos aún ante quien, desinteresadamente, deja al río ser río: movimiento, reflejo, sonoridad... voz. Deja que el río sea río, sea lo que él es para sí mismo, no lo que es para mi necesidad. El sediento congela al río espejo de su sed, el ingeniero evalúa su utilidad, sólo el contemplativo recibe al río, lo acoge: se abre ante él. Es esta última actitud la que reclama y
por la que clama la poesía, que reclama para ser el inicio de una experiencia y no la conclusión de un razonamiento. La actitud esencial ante un poema, para que él nos hable, nos entregue su esencia poética, no es buscar sacar algo, sea una definción, un concepto o una respuesta, sin o la de abrirse al poema como ante una totalidad, un mundo verbal que
se conjuga en sí mismo, dentro de sí. Es saber que la poesía no describe al mundo, inscribe un nuevo mundo, abre perspectivas, alternativas... instaura nuevos sentidos. Los crea.
Acabo de decir sentidos, no significados; la pregunta sobre qué dice la poesía no es la pregunta sobre el significafo sino sobre el sentido, es aquello que no dicen las palabras pero se dice en las palabras, aquello que más que decirse, hace que lo diga yo. No se trata de qué dice la poesía sino qué me hace decir sobre mí, sobre el mundo, la vida: no sé qué dice sino qué enciende, qué alumbra. Tampoco se trata de sacar algo de un poema, de quedarme con una idea, se trata de que me saque, me saque del mundo pragmático y utilitario para ponerme en otro lugar: ponerme en un mundo abierto, o en lo abierto del mundo que es lo que la poesía expresa, expresa y abre, expresa abriendo. Como cada hombre o mujer vibra con una música distinta, se conmueve ante un paisaje diferente, también la poesía, como todo, es múltiple en su expresión, generosa en su entrega. Debemos buscar la propia, el poeta que nos habla, aquél, aquéllos, con los que entonamos, aquéllos con los que afinamos nuestro oído a su música: aquellos cuya poesía nos nombra.


Un poema se lee como se escucha una sonata o como se mira el mar, sin para qué, no buscando que nos informe, sino esperando que nos transforme. Para que la poesía se diga, en definitiva, no hay que entenderla sino dejarla resonar, abrirse a ella, y en ella, abrirse en el espacio que ella misma convoca con su propia voz. Realizar y realizarnos en esa actitud, que llamaría una enseñanza de la pasividad. Pasividad que, en su inacabable dilatación, culmina en una poética de la receptividad, culmina en la mayor y más difícil actividad: escuchar.

Carlos Edmundo de Ory. Poética

Carlos Edmundo de Ory. Poética

No concibo a la poesía sin locura. En este cálculo aproximativo nada nos sorprendería la inversión de valores Pues conocida es la aseveración que confiere un mucho de poesía a la locura. Ahora habría que preguntar: ¿Cuál es la negación? Y que es más importante en cada caso: ¿la poesía o la locura? Aunque por separado no se legitimen tales "acto" sin su partícula fraterna.
Dos engendros productores de poesía son: el grito extraño, el grito exterior-interior, de entrañas para afuera... Y lo ebrio, es decir: la significación especial de una potencia feliz, impuesta por las diversas divinidades del cuerpo humano, sean del amor, el alcohol o la misma poesía.
Cuando las palabras no son gritos o no son signos ebrios del sentido inflamado, todo lo que la poesía dice es poco natural y no es nada sobrenatural.
Cuando el poeta, sin cuidado ninguno de su facultad, bien alejado voluntariamente de su genio, se ponga ante lo invisible, quiero decir ante su propia inspiración, con el solo deseo de entregarse a ella, relegando al olvido el hecho "que se origina", cuando esto suceda, el poeta podrá decir que él hace poesía. Y efectivamente, sólo cuando el hombre se pone a hacer poesía consciente, deja de ser poeta.
Todo poeta tiene otro poeta superior dentro que le roba las imágenes y se las cambia por otras. El poeta pierde continuamente en la vida, en el cruce de los asombros, el apogeo interior que se trastoca en su propia imaginación. "Cuando podemos asomarnos a una vida de poeta? -dice Dilthey-, observamos cuán poco de todo lo conformado y esbozado interiormente llega a ser ejecutado". Todo poeta ha naufragado, en los momentos de la creación, en la espesura de sus vivencias intraducibles, como en un lago ambiguo de sueños y de existencia. El sueño es el enemigo oculto del poeta, porque es el otro poeta que le absorbe la imaginación. Los surrealistas miran el onirismo como plato favorito, sin pensar que tienen la manzana en las manos, y que esa manzana se convierte en oro cuando se la
toca.
"La poesía es el único mundo separado que existe dentro del mundo /J.P. Richter). Es decir, es cosa interior bañada de cosa exterior. Y el mundo, por lo tanto, es el único agente atrayente, conocedor y convocador de poesía.


Todo poema resulta un cadáver para mí.


No me es posible todavía creer en la poesía viva, en la gran poesía pura.

Todo es sensibilidad y magia. El poema del poeta sale de su cuerpo y no de su lengua de
discurso muerto.


Un poeta no puede contestar nunca a nada. Él es la Esfinge. El hace preguntas.


Yo hago poesía esencial. No sonora, no "gramatical", no verbal. La poesía esencial, si se puede definir, lo más parecido a una instantánea intacta de la noción del sentimiento producido por el deseo de crear poesía, una poesía que se lleva dentro. Algo como un vómito o una expansión súbita vertida en gotas "petrificadas". La poesía es una petrificación pura del deseo de lo poético imponderable: Hacer poesía duele físicamente, como todo vómito o expansión. Es un desarme, un desagüe, un verter límpido en la basura del lenguaje. Se hace otro lenguaje.


Inventar es todavía ambiguo. Habría que decir: "se hace poesía". Lo más difícil en poesía es "hacerla". He aquí su fórmula "esencial". Los sonetos de Nerval son ejemplos puros de "esa" petrificación. Siento el "aura". Me viene el lirismo espantoso. Soy el poeta de la enfermedad. No entiendo la lírica sino como una enfermedad de mi persona. Mi lírica comenzó cuando mis padres se juntaron en "beneficio" mío. Un poema se hace con el delirio controlado.


Un poema verdadero es una consumación de conocimiento y de singularidad expresiva.
Lo que vale más que la realidad, acaso, puede que sea la oscuridad. Porque todo valor de realidad es siempre negativo, como que la realidad es relativa y no puede ser aprehendida por "nadie" como cosa absoluta, "en sí". Para que la poesía llegue a valer más que la realidad, aquélla ha de obtener el sentido oscuro de la realidad, aquel sentido que "prueba" la existencia de realidad por la magia o el esoterismo. Nunca la poesía, una poesía, es en y por ella misma otra cosa que "un encanto" o bien algo en sí mismo inefable. Pues no puede ser otra cosa. Pero en cuanto al sentido, sobrepasa lo suave, lo indecible y nos presenta un fondo. En este fondo cabe "ahora" una realidad que se diría casi tangenciable, no toda la realidad absoluta del mundo, sino la realidad infundida en una verosimilitud absoluta.
En su parte más intocable la poesía es dueña de la presencia ideal, como quería Amiel ("la poesía vale infinitamente más que la realidad"), porque es inefable. Pero en su parte más palpable o cognoscitiva, la poesía es, en mayor o menor grado, inteligible, puesto que establece los datos últimos de un sentido (claro, que no lógico), porque es Versosimilitud. En suma, una verdad esencial y, por lo tanto, "una" realidad más grande que "la" realidad.


No hay poesía sin experiencia. No hay poetas jóvenes. La poesía es una operación de amor.


La poesía es la gangrena dulce.
-¿Por qué eres poeta? ?me preguntan y quemarropa. Y yo contesto casi distraído:
-No sé. Hace falta.
Y aún agrego como despertándome:
-Es que no he nacido para la felicidad.
-La poesía. ¿no es de los felices? ?me pregunta ahora.
-Cuando los hombres son felices, no necesitan poesía y, a decir verdad, no le prestan mucho oído, dice Euripides, en Medea.
¿No veis que quiero hacer la poesía de lo insaciable? ¿No veis "nada"? ¿No veis, ay, ojos, oídos, labios, que la poesía bate la nata de la nada, nada en ella, se sacia de horror, de ser grande por debajo, en lo abisal? Me he consagrado a lo abisal. Soy poeta. ¿Quién puede decir lo mismo con su cadáver encima? Si hay una cosa inefable, tal como lo es el alma individual, es sólo la poesía sin nombre. La poesía no es humana sino en el hombre.
Lo real, lo verdadero, los pinchos del sueño, el olor del dolor y el sabor del ser (L´Etre), el galope autoritario de los cascos equinos, la noche llena de hambre, el amor lleno de supuración, el misterio del demonio, la obra de Dios... en la tela de la poesía. Y, sin embargo, ¿quién no pone en tela de juicio su poesía? ¡Es mayor que nosotros, ay! ¡Es mayor
que nosotros!
¡Os lo pido, aspirantes a poetas, dejad el deseo moribundo de adquisición de reinos inasequibles! ¡Tendréis que penetrar y no penetraréis. Os lo dice... No, yo no os lo digo. No soy quien. Acaso he sido durante un tiempo un "apprenti-sociers". O tal vez estoy quemado por la magia. ¡Veros ridículos ante lo trágico! El genio poético se paga con vicisitud y quemaduras terribles.
Yo no puedo remediar el sensualismo de mi poesía. Pero miren lo que quiero decir: mi poesía no es sensual. El sensual soy yo.
Keats y Baudelaire eran sensuales, más el primero que el segundo. Pero su poesía era, en el sentido de la destilación, pura; pura de lenguajes, pura de idioma. ¡Qué lucha la del poeta, lenta y ardiente, por la vinculación, absoluta de su sangre con la lengua mágica!
Quisiera no asustar al precoz amante de poesía. E incluso al aprendiz de esta precocidad- si le digo que le hace falta comprender lo que una gran poesía en su hermosura tiene de metafísica.
Comprender que sí, en cambio, tiene demasiada "prosa" o es demasiado pétrea o tiene demasiados arpegios... (casi a imitación de los pájaros) va a carecer esa poesía ya no sólo de grandeza: de metafísica.

Diré más: no he encontrado una definición de lo que es poesía tan impresionantemente "exacta" que la dada por Emily Dickinson, un poeta-mujer, que en su grandiosa minimidad concepcional en lo que respecta a su obra- sufrió el acicate metafísico. La definición es meramente humana, aunque empeñada en palabras, y es evidente que conoció su contenido como si fuera un cilicio. La definición reza: "Si leo un libro y ello me deja el cuerpo entero tan frío que ningún fuego puede calentarme, sé que eso es poesía. Si tengo la sensación física de que me arrancan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Estas son las únicas maneras como la conozco".
Pues bien, ese escalofrío (ella dice "frío") no lo da la piedra fría de un verso, ni tan siquiera el almohadón de lo inefable juanramoniano, sino la oscura ala de la metafísica que hace girar, no en torno al "azur" de los decadentes, sino en torno al alma sedienta de exactitudes increíbles (la poesía-no-oída) al ángel de la Poesía.
Lo demás pesa y cae como el plomo. O si no se quiere plomo, jarana. "Lo esencial de la
poesía", dijo Wallace Stevens. Mi poesía es un problema de sensibilidad expresiva, y un problema de angustia. Aunque
quieran decir lo contrario muchos, con Valery a la cabeza. "Poesía" es siempre rapto en el sentido que da Platón al poeta "en calidad de perseguido...". O una inspiración casi en calma, como decía aproximadamente Wordsworth.
Escribo bajo el dolor, y me importa únicamente hacer sensible el mundo que viene a mí desde fuera, o sale de mí, desde dentro. Esto vale tanto como una lucha interior. Pero que se entabla mediante el mundo. Poesía es el mundo, por supuesto. Y el poeta un microcosmo sólo hace lo milagroso para poseerse "desposeyéndose", es decir, entregando su arraigada intimidad a las palabras.
Cuanto más torturado soy, más poético soy. Para ser poético, me miro, y allí donde encuentro acción en mi vida, hallo "mi" nostalgia y la preocupación por esa nostalgia. Mi poesía es una nostalgia del "mundo". Es ineludible en mí la metáfora como ropaje ornamental en el cuerpo de la Unidad de mi pensamiento. El lenguaje claro sirve sobre todo a la imagen, y si la imagen es oscura, no por eso el pensamiento es oscuro. Como no pienso por pensar, sino por "unir", o por unir imágenes, toda metáfora tiene un orden sucesivo. La metáfora es el imperativo categórico de la imaginación, del mismo modo que el pensamiento es el imperativo del espíritu y no de la mente (pues no se trata de pensamiento racional). Todos mis textos más profundos devienen una mística mítica. Por lo cual habrán de requerirse llaves, o digámoslo, claves que obren al acceso a la interpretación.
El que piensa está dentro de sus dominios. Y tras las palabras, vive una "obra" en constante revelación. Yo tengo una idea de las cosas, que sale de mi espíritu. Yo tengo un alma que me da ideas, como una madre da hijos. En un principio, nada se puede dar como formulado. Lo extraordinario es el dolor. Y todas las metáforas ejemplares describen el dolor. Si pudiese ser tan sencillo como Pascal, lo sería. Mas estoy cerca de Bloy en lo suntuoso, es decir en lo literario de las formas. Sin embargo, en el mismo Pascal me detengo sólo en la forma, y me deleita su belleza, aunque no comprenda o no me sitúe únicamente en la comprensión.

No obstante, todo son teorías. Incluso en el poeta, y la belleza viene a pelo como pretexto.
Es una seguridad más en que la verdad se sostiene. Las teorías son las verdades. Se pueden discutir, pero el que las transmite las da como aceptadas. Poco me importa la ineptitud pedagógica que dimana de su exposición intelectual, de "mi" fraseología. Lo interesante es (estoy de acuerdo con Stanislas Fumet) su seducción. Una teoría que no tenga parangón, es de por sí una verdad tan irrefutable, como es irrefutable una metáfora perfecta. Seguir un razonamiento no es seguir una verdad pensada con el espíritu. Dicho de otro modo, las verdades de la exploración intelectual no son semejantes a las verdades de la visión espiritual.
Pero la metáfora sigue siendo, como integridad literaria, nada más que un vehículo trasmisivo. El único fin duradero es el cuerpo interno de la unidad disfrazada o convertida en parábola.
Y tengo que hablar, en otro momento, sobre la Verdad y sobre el Arte, como "asuntos" distintos. Para esta aplicación de dos recursos opuestos, tengo que remitirme, en primer lugar, a mi pobre Leon Bloy cuando dice: "Entonces, ¿qué queréis que yo os diga? Si el Arte está en mi equipaje, ¡tanto peor para mí! No me queda sino el expediente de poner al servicio de la Verdad ‘lo que ha sido dado por la Mentira’. ¡Recurso precario y peligroso, pues lo propio del Arte es fabricar Dioses!" Porque: "Ya se llamasen Wagner, Dostoiewky, Kierkegaard, Baudelaire, Arthur Rimbaud, Verlaine o
Leon Bloy, vierónse obligados a "entregarse" a Aquel que les dio a veces un acento sobrehumano. Les fue del todo imposible no pronunciar un "Amén" definitivo, un Amén que fuera la suprema palabra del Arte, mientras el Arte, al cabo ya de su inspiración, renuncia y expira." (Stanislas Fumet: "Misión de Leon Bloy".)


Yo soy moral porque "soy" amor; y soy amor porque "soy" solo. El amor es lo único que puede importarme si me importa mi soledad. La moral para mí es todavía lo bello. Y el amor no es otra cosa que el amor por lo bello. La Belleza es lo que no se ve; en primer lugar, porque es imposible; en segundo lugar, porque es únicamente posible en sí misma. Todo depende de una cosa: la intensidad de la comprensión hacia la cosa: "Para que un hombre sea grandemente bueno ?dijo Shelley_ debe imaginar intensa y comprensivamente." Estar solo, como moral, como acto de apetecer lo bello fuera de uno, es concentrar la imaginación y, al mismo tiempo, vivir la humanidad. El acto más puro de los actos humanos es, según yo pienso, el estar solo. Es pensamiento y espíritu. Si bien, no es pensamiento y espíritu planificados. Todo lo contrario, pues la belleza, que se busca como "reino unido" es lo antiplanificado. El arte es deseo y humildad en el deseo. Es una capacidad teorética o contemplativa. De ahí que toda soledad grande, digamos artística,es soledad en lucha que separa para encontrar. El artista debe, y sobre todo el poeta, separarse de sí, salir de su naturaleza, "que no es bella" para percibir la unión de lo planetario que está siempre vivo, y que está más alto que la sabiduría individual.

Justamente encuentro más tarde, en un libro de Dewey, unas afirmaciones que coordinan exactamente con lo expresado por mí al querer ver, en lo planetario, o en su forma más corriente, "el ambiente universal", la cualidad material de ampliación en la expresión del arte como experiencia viva. Siendo así que según el propio Dewey "las experiencias que el arte intensifica y amplia no existen solamente dentro de nosotros, ni consisten en relaciones
separadas de la materia". Y a continuación añade: "Los momentos en que la criatura es más viva, más compleja y concentrada, son los de pleno intercambio con el ambiente, en los que el material sensible y las relaciones están más completamente compenetrados". "El arte no ampliaría la experiencia si hiciera al yo retirarse dentro de sí mismo, ni sería expresiva la experiencia que resultada de tal retiro."


A veces escribo algo tan hermoso que me horrorizo de saberme desconocido.

si sé lo que escribir, jamás escribo

si sé lo que escribir, jamás escribo

Si sé lo que escribir,

                                     jamás escribo.

Si escribo es por saber lo que sabré,

aquello que aparece

                             al descubierto,

mientras uno lo escribe,

y se desnuda

sólo para nosotros,

y no aparece más en lo desnudo.


Si sé lo que decir,

                         no digo nada.

Igual que nada pienso,

                                 si sé lo que pensar.

Si digo, es por asombro

de adónde me conduce estar diciéndome.


Si sé lo que sentir,

                          ¿para qué amarte?,

cuando lo tuyo propio es la sorpresa

de permitirme amarte en este tránsito.


Si supiera escribir,

                         no escribiría.

¿Para qué ser escriba de alguien mío

que impone que yo viva a su dictado?


Si escribo, es por probarle a mi ignorante

el ánimo interior de su ignorancia,

la fuerza capital que hay en la búsqueda.


Nunca saber,

                 y siempre estar diciendo.

Nunca escribir,

                    y estar siempre intentándolo.


Todo es incertidumbre,

                                y suspensivo. (1)


(1) Poema de Carlos Marzal, incluído en Ánima mía, Tusquets, Barcelona, 2009. Muchas dudas tengo, no obstante, de que haga lo que pregona. Lo he traído aquí más bien con ironía.

vigilantes

 

Cuando hay que modificar o renovar la doctrina fundamental, las generaciones sacrificadas en las que se opera la transformación siguen siendo esencialmente ajenas a ella, y a menudo directamente hostiles.

Auguste Comte, Llamamiento a los conservadores.

 

El ombligo no es un órgano tan importante como imaginan

ustedes... ¡Señores poetas!

Oliverio Girondo, Membretes.

 

 

Fue Erik Satie quien acuñó el término “vigilantes” para designar a los guardianes sacrosantos de la cultura oficial y académica. Satie, compositor al que Coprovich admiró sin tapujos, mantuvo durante toda su vida una pugna contra el stablishment cultural, contra el conservadurismo y el proteccionismo; y se mantuvo bien alejado de los amiguismos cortesanos, de los zarandeos de las modas estilísticas, de las falsas idolatrías y demás vacuidades. Satie, como Coprovich, aborrecía a los “engrupidos”, en el significado que a esta palabra da Roberto Arlt (otro escritor admirado por nuestro poeta) en El idioma de los argentinos: roberto arlt

 

Son señores de cuello palomita, voz gruesa, que esgrimen la gramática como un bastón, y su erudición como un escudo contra las bellezas que adornan la tierra. Señores que escriben libros de texto, que los alumnos se apresuran a olvidar en cuanto dejaron las aulas, en las que se les obliga a exprimirse los sesos estudiando las diferencias que hay entre un tiempo perfecto y otro pluscuamperfecto. Esos caballeros forman una colección pavorosa de “engrupidos” -¿me permite la palabreja?- que cuando se dejan retratar, para aparecer en un diario, tienen un buen cuidado de colocarse al lado de una pila de libros, para que se compruebe de visu que los libros que escribieron suman una altura mayor de la que miden sus cuerpos.

 

Los vigilantes no son sólo conservadores de su poder de influencias, son también los dictaminadores de los cánones del “buen gusto”, a menudo por motivaciones que distan mucho de ser desinteresadas. No obstante considero que todos somos víctimas de un mismo sistema. El deseo de popularidad o las ganancias económicas no son nociones ajenas a un ser humano-poeta. Y en cuanto al arte se refiere, más grave aún es la carencia de tiempo real, donde uno pueda releer una obra, asentar una poética, desarrollar una reflexión, asimilar una propuesta, etcétera. Por eso el conservadurismo de los vigilantes no es el rechazo de obras nuevas, sino la aceptación y glorificación precipitadas de obras nuevas, que a la postre no son nuevas, sino decepcionantemente similares: de rápida lectura y más rápido olvido. Dice Peter Sloterdijk:

 sloterdijk

(...) en el contexto de las condiciones actuales, la novedad artística jamás pudo imaginar para sus interesados una acogida más favorable; y pese a todo, peligrosa, porque el desvanecimiento de los criterios conduce a las artes cada vez más cerca de los umbrales del nihilismo y, con ello, a las propias obras, que en su gran mayoría no sólo surgen cerca de los límites de la basura sino que los superan. En efecto, lo que importa tanto en el moderno sistema artístico como, en líneas generales, en la democracia avanzada es eliminar la herencia de la emotividad feudal, y sobre todo el sometimiento y la falsa loa; pero haciéndolo de tal manera que los sentimientos verticales, la sensibilidad para lo más elevado y profundo, lo más y menos valioso puedan aquí regenerarse discretamente en el marco de lo informal, así como reencarnarse de manera suficientemente fiel en medio de una situación de constante apertura a la novedad.[1]

 

*   *   *   *   *

 

He aquí la oportunidad de traer a colación una sabia reflexión del estupendo poeta Fernando Millán, extraída de su libro Vanguardias y vanguardismos en el siglo XXI. Sospecho que no va a ser la última ni la penúltima ocasión en que citemos esta obra. El motivo es que, juzguen ustedes mismos sobre este largo fragmento, trata con maestría y precisión muchos puntos convergentes con las ideas o situaciones coprovichanas:

 

El poder académico ha estado hasta los años setenta enteramente en manos de los conservadores, que en la actualidad sólo han cedido parte de ese poder. Y los medios de comunicación han estado, y siguen estando en manos de los poderosos que normalmente ha sido gente conservadora. Entonces, ¿qué ha destruido la vanguardia? Nada. Los que han sido destruidos, perseguidos, encarcelados, llevados a la locura y a la muerte, han sido los propios vanguardistas. Y eso a pesar de que, en la mayor parte de los casos, han sido personas de gran capacidad intelectual y de profunda probidad humana. Los hombres y mujeres de la vanguardia son gente con una actitud radical, que dicen: este camino que ha conducido a la humanidad a la primera guerra mundial, a las revoluciones sangrientas, al militarismo, a la guerra atómica, a la colonización de unos países por otros, al abuso de minorías sobre mayorías indefensas, al dominio del hombre sobre la mujer, a la alienación y, en definitiva, al dominio del hombre por el hombre, parte de una determinada forma de pensar, de ver el mundo y de organizar la sociedad que está relacionada con determinadas manifestaciones como la música, la pintura y la escritura. Los revolucionarios armados del siglo XX han fusilado a mucha gente, pero las vanguardias artísticas no han fusilado a nadie. Por definición, las vanguardias y los vanguardistas son antiagresivos, aunque es cierto que escandalizan en el terreno de las costumbres  y los comportamientos... (...) fernando millán

Pero no se trata de una actitud contra el poder, sino al margen del poder. Es decir, una actitud que se distancia del poder, que no piensa que sus ideas tengan que ser aceptadas a toda costa por los demás. La vanguardia nunca ha tenido mecanismos de poder, ni siquiera con la “vuelta al orden” de los surrealistas tras la explosión dadaísta. Hay dos caminos para llegar a los demás: uno es el camino de la libertad y la creatividad, que siempre es contagiosa y alimenta a los demás; otro es el de controlar, dirigir y utilizar a los demás. Y así, se dan artistas que se corresponden con estos dos tipos, los que tienen vocación de poder y los que no. Hay gente que se siente con derecho a decir lo que se puede hacer y lo que no, y hay gente que se niega a tener ese derecho y, sobre todo, se niega a que lo tengan los demás sobre él. Es necesario olvidarse de la idea de vanguardia como “anti”. Cuando los letristas hacen poemas en los que se borran o tachan palabras, están abriendo un nuevo camino. Y cuando, por ejemplo, Rauscheberg borra un dibujo de Jim Dine, no lo hace como un acto de destrucción, sino como un acto de creación a través de una acción irrepetible. Al llevarse a cabo un acto de este tipo, se hace una llamada a que la gente vea las cosas de otra forma y tome conciencia de otras dimensiones del conocimiento, el acto creativo o la vida.[2]

 

*   *   *   *   *

 

Por lo tanto, el circo mediático controlado por el gusto subjetivo de los vigilantes (la extensa mirada de la Esfinge, diría Coprovich), donde confabulan editores, intelectuales y escritores de peso y de paso, críticos, premios, políticos, etcétera, tiene como resultado una homogeneización de las propuestas visibles, en un proceso de reduccionismo creativo que rivaliza completamente con cualquier poética de cierta profundidad humana, artística o intelectual. Se polarizan cada vez más dos arquetipos de poeta, de igual origen romántico y de igual destino estúpido. Uno es el clásico poeta atormentado, vehículo de pasiones que no sabe controlar más que a fuerza de apretar más y más los tornillos de sus versos; y que una vez acabada una obra, si es que alguna vez hace tal cosa, la esgrime saturninamente contra toda vicisitud de su terrible destino, pues al fin no hay distinción entre él... y su Obra. Simpático, no obstante. Para él ser poeta lo es todo, una necesidad o un destino utópico.

Peor aún es aquel arquetipo de poeta que juega a serlo, pero lo negará hasta la muerte. Aquel que se considera más verdadero cuanto más insulte a la poesía, al hombre y a sí mismo. Cuanto más profana, vulgar, nihilista, desmotivada, desgarbada y andrajosa sea su frase cortada en líneas. Hijos de una Vieja Objetividad que no es más que una Subjetividad con afán totalitario. Para él ser poeta no es nada, o poca cosa, una manera de explayar su egoicidad.

Entre unos y otros se aquilata una visión de lo que es un poeta, y por ende, de lo que es la poesía, que tiene su coherente reacción popular en un movimiento creciente de desilusión y rechazo.[3] No creo que se lea poca poesía hoy día.[4] Hoy se lee suficiente poesía, sólo que se lee mal o se lee mala poesía. Y eso, claro, no es bastante.

 

*   *   *   *   *

 

En el primer párrafo de El túnel, Ernesto Sábato escribe lo que sigue:

 

Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple: pensé que podrían ser leídas por mucha gente, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme.

 

Hay dos ideas del texto que quiero subrayar aquí. La primera es la necesidad del escritor de ser entendido. La segunda es su devaluación de la humanidad en su conjunto. Dos ideas que se enfrentan.

Es evidente que en el hecho de escribir es concomitante la necesidad de expresarse, y expresarse para ser entendido. Tengo alumnos que aspiran a convertirse en escritores. Yo siempre les respondo lo mismo: las preguntas fundamentales que deben hacerse es 1) por qué escriben, por qué la escritura y no otro medio de expresión; y 2) por qué así, de un modo u otro. Son las preguntas que unen al aficionado con los más grandes creadores, pues sólo se dará respuesta a través de una vida y un trabajo. Y los más grandes creadores, además, lo son porque no dejan de preguntárselo.

La primera respuesta dirá hasta qué punto uno es artista. Hasta qué punto uno está enamorado de sí o del éxito, de una ensoñación prejuiciosa de lo que es ser artista, o la expresión surge como una necesidad, y la escritura como el medio de expresión más adecuado para dar cauce a sus objetivos como artista[5].

La segunda respuesta dirá qué tipo de artista se es o se quiere ser. Porque en arte todo es intencionado. Mis alumnos, por ejemplo, escriben como escriben por su exigua reflexión sobre sus motivaciones, y sobre todo por ignorancia de formas distintas de escritura. Lo que caracteriza al aficionado es la falta de responsabilidad sobre su obra.

Por poner un ejemplo, veamos según sus palabras a qué aspiraba Pavese:

 

Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por entero de ti mismo, pues no sólo has descargado lo que sabes de ti mismo sino también lo que sospechas y supones, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con constante cautela, temblores, repentinos descubrimientos y fracasos, haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto dado, y advertir que todo ello es como si no existiera si no lo acoge y le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo noche y día como un muerto.

 

Ahora bien, se escribe para ser entendido, ¿por quién? Este es un paso más allá, y no tiene una respuesta fácil. Primeramente, hemos dicho, para entenderse a uno mismo. ¿Y por qué la poesía? Para comprender lo incomprensible sin que deje de ser incomprensible. Y aquí, ya vemos, la cosa se complica. Volveremos sobre ello.

Ahora veamos la segunda idea del texto de Sábato. Tenemos un conflicto aterrador para el poeta: ser entendido por el mayor número de personas, pero a qué precio, ¿al precio de ser superficial, vacuo, fácil? ¿Al precio de traicionarse? ¿De no profundizar? Esta es la espada de Damocles con que diariamente el poeta filetea el bacalao. Sábato aboga por ese famoso “a la minoría, siempre” de J. R. Jiménez. Esto es porque “la mayoría” no es aquello que debería ser, como él mismo explica con transparencia:

El pueblo de hoy no es esa fresca y virginal fuente de toda sabiduría y de toda belleza que imaginan ciertos estéticos del populismo, sino el alumnado de una pésima universidad, envenenado por el folletín de la historieta o la fotonovela, por un cine para oficinistas y por una retórica para chicas semianalfabetas y cursis.ernesto sábato

Acaso el pueblo, tal como existía en las primitivas comunidades, tenía un sentido profundo y verdadero del amor y la muerte, de la piedad y el heroísmo. Ese sentido profundo y verdadero que se manifestaba en la mitología, en sus cuentos folklóricos y leyendas, en la alfarería y en las danzas rituales. Cuando el pueblo estaba aún entrañablemente unido a los hechos esenciales de la existencia: al nacimiento y la muerte, a la salida y puesta del sol, a las cosechas y al comienzo de la adolescencia, al sexo y el sueño. Pero ahora ¿qué es realmente el pueblo? Y, sobre todo, ¿cómo puede tomárselo como piedra de toque de un arte genuino cuando está falsificado, cosificado y corrompido por la peor literatura y por un arte de bazar barato? Basta comparar la vulgaridad de cualquier estatuilla fabricada en serie para el adorno del hogar o para una iglesia contemporánea con un icono popular, o un fetiche africano, para advertir el enorme foso que se ha abierto entre el pueblo y la belleza. En la tribu más salvaje del Amazonas o del África central no encontramos jamás la vulgaridad, ni en sus potiches ni en sus vasijas ni en sus trajes, que hoy nos rodean por todos lados.

Así llegamos a otra conclusión que podría parecer paradojal. Y es que en nuestro tiempo sólo los grandes e insobornables artistas son los herederos del mito y de la magia, son los que guardan en el cofre de su noche y de su imaginación aquella reserva básica del ser humano, a través de estos siglos de bárbara enajenación que soportamos.

No es, en suma, el artista quien está deshumanizado, no es Van Gogh o Kafka quienes están deshumanizados, sino la humanidad, el público.[6]

También Benjamin Péret (y Coprovich) entiende como importante función del poeta el retorno a la magia, a las aguas más profundas de la existencia, y contestar a la humanidad con lo incontestable. En su artículo Tiene la palabra dice: Se sabe que la condición de poeta pone inmediatamente a quien la reivindica al margen de la sociedad y eso en la medida exacta en que es realmente poeta. (...) El común denominador que une al brujo, al poeta y al loco sólo puede ser la magia. Es la carne y la sangre de la poesía. benjamin péret

(...) “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno”. Está fuera de duda que esta exhortación de Lautréamont será escuchada algún día, ya que la poesía ha sido fruto de la colaboración activa y pasiva de pueblos enteros. Los mitos, leyendas y cuentos populares lo atestiguan de manera resplandeciente.

Coprovich no adolece de idealización populista, pero busca el hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga (Hölderlin), esto es, abriga la esperanza de que la poesía sirva precisamente para cambiar este estado de cosas, para devolver la humanidad a la humanidad.[7] A mí me parece un buen propósito.

Qué mejor que intentarlo con la voz emancipada de la poesía verdadera, liberada de la mirada de la Esfinge y los corsés-clichés de moda acomodaticia; con el grito[8] universalizado, donde se asciende a la individualidad sobrepasándola. ¿O no habla de lo mismo la elegía VII de Rilke?:

 

Solicitación ya  no, no solicitación, voz emancipada

sea la naturaleza de tu grito; en verdad gritaste puro como el pájaro,

cuando la estación lo levanta, la ascendente, olvidando casi

que él es un animal preocupado y no sólo un corazón solitario

al que ella lanza a lo alegre, sereno, a los íntimos cielos. Como él, así

solicitarías tú también, no menos, que, aún invisible,

supiera de ti la amiga, la callada, en quien una respuesta

lentamente despierta y al escuchar se calienta

para tu osado sentir la que siente inflamada.[9]

 

*   *   *   *   *

Quizás por eso, a ojos de los vigilantes, el artista auténtico puede parecer un simple idiota. Sin embargo, seguramente tenga razón Nancy Huston cuando, en una entrevista en Babelia, decía que la inteligencia es catastrófica para la literatura. Hacen falta también tonterías. Hay que ser un poco tonto.

No sólo eso, ni siquiera es que la expresión de la irracionalidad o de lo telúrico puedan parecer “tontos” al pensamiento lógico-matemático, sino que la idiotez aparente puede ser un arma eficaz para reírse de los “engrupidos”. El Dadaísmo lo declaraba así:

 

Dada trabaja con todas sus fuerzas por la instauración del idiota en todas partes. Pero conscientemente. Y él mismo tiende, cada vez más, a volverse idiota. Que es todo lo contrario que el imbécil, ese ciudadano bien educado.

(Tristan Tzara, Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo, 1920.)

 

Ni siquiera un poeta tan culto y profundo como J. E. Cirlot podía asegurarse estar en posesión de una verdad única. Lo cual, repitámoslo, nos parece una prueba fehaciente de su honestidad como poeta. En una carta personal mostraba sus dudas, con estas palabras: Hay un retroceso esencial en nosotros cuando llega la hora de la verdad. Y siempre estamos dispuestos a considerar que cuanto hacemos o hemos hecho son locuras, y que la verdad es otra, más sencilla, más elemental. Eso puede ser una influencia del carácter popular que en el fondo tiene toda la cultura hispana, del “sentido común” castellano y del paralelo “seny” catalán. Por eso no hay filósofos en España. Nadie quiere tener la responsabilidad de hacerse un mundo para él, y vivirlo hasta la muerte. Nadie quiere tampoco tener “su” muerte, como quiso Rilke.[10]

Por eso, porque vivimos bajo el “árbol de las variaciones” y las nubes de la duda, los mejores artistas no tienen vocación de poder, como decía F. Millán, no quieren arrogarse la máscara de la Esfinge cáustica y unívoca, principalmente dolménica, omnisapiencial, de los engrupidos.

Adán Coprovich tenía veneración por Rilke. Pero también por Oliverio Girondo, y de éste aprendió a reaccionar contra el trascendentalismo huero y acartonado [11]. A los vigilantes hay que contestarles con ese principio primordial que Girondo plasma al comienzo del libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía:

 

No hay prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo SUBLIME.



[1] Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas, Pre-Textos, Valencia, 2002, pág. 96.

 

[2] Fernando Millán y Chema de Francisco, Vanguardias y vanguardismos ante el siglo XXI, Árdora, Madrid, 1998, pág. 85-7. El único reparo, aunque grave y seguramente no intencionado, que debo poner a dicho volumen es la exclusión de sus líneas a toda mención sobre Adán Coprovich, aunque su sombra revolotee por muchas de sus páginas.

[3] Valga como ejemplo admirable el blog del Círculo de Acción Sostenida y Pensamiento Antipoético (CASPA): www.caspaypoesía.blogspot.com

[4] Se podría pensar que siempre ha sido así, pero pondré tres ejemplos para rebatir esto. Antes de antes de ayer, en el mítico Japón del Man´yöshü (período Nara, siglo VIII) era civismo popular la utilización del arte poético como medio de expresión para, por ejemplo, declararse ante una doncella o agasajar a alguien. Antes de ayer, en la Rusia revolucionaria poetas como Maïakovski leían poemas en estadios atestados. Y ayer, durante los hippies años 70 en EEUU la poesía volaba de costa a costa con o sin microfonía, con o sin guitarras.

 

[5] Y es verdad también este comentario de Sábato: ...los propósitos siempre son superados por la obra, cuando se trata de arte. (...) Tal vez los propósitos sirvan como trampolín para lanzarse después a aguas más profundas. Allí empiezan a trabajar otras fuerzas inconscientes, poderosas y más sabias que las conscientes. Las que en definitiva revelan las grandes verdades. (En Diálogos de Borges y Sábato, comp. O. Barone, Planeta, Barcelona, 2002).

[6] E. Sábato, El escritor y sus fantasmas, Seix Barral, Barcelona, 2002, pág. 117.

[7] Nos reencontraremos el tema en Capitán Montes.

[8] Como vimos, la poesía viene del grito.

[9] Rainer María Rilke, Elegías de Duino, Cátedra, Madrid, 1987, pág. 98.

[10] A Manuel Millares (21 de abril de 1959). Cfr. De la crítica a la filosofía del arte, pág. 157. Sobre poetas y suicidas hablaremos en No acuséis a nadie.

[11] En la revista argentina Martín Fierro, donde llegó a ser director, Girondo expuso su “Manifiesto” ultraísta: se ataca el anquilosamiento de la cultura, el hábito y las costumbres que atenazan la creación; y se alaba la fe en sí mismo, y la vitalidad. Borges dijo de Girondo: Me he sentido provinciano junto a él.